martes, 21 de diciembre de 2010

Mejores amigos.-

A Euge y Matas

--Yo no les creo --acusó La Vichy--. Yo no les creo que ustedes no se hayan comido.

Y nosotros le juramos y le prejuramos que no. Cómo no sospecharlo: siempre, donde hay una novia de mi mejor amigo, hay una mujer enferma de celos por culpa mía. Donde hay un novio de Daniela, hay una crítica empedernida de Matías.

Pero no. Nunca "nos comimos".

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Matías nació el 20 de diciembre. El otro día, en su cumpleaños, tras la cena, recapitulamos:
--¿Qué hicimos en 2001? Imagino que no nos juntamos, ¿no? --pregunté.
--Sí, Dani. Nos juntamos.
Miré para el patio y me acordé. Efectivamente. Cinco, seis compañeritos de noveno, algunas reposeras.
Euge apareció en escena y aseguró que ella no había estado.
--Me acordé... catorce años teníamos.
--Yo pienso en los padres: dijeron sí, sí, andá.

Se lo quise hacer entender en ese momento pero no hubo caso, quizás los malabares de la lengua posibiliten su interpretación:

--¿Ves por qué sos mi amigo? Porque me decís cosas que yo no sé. Cosas que yo no leí. Me aportás.

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Seguramente ya tenía algunas cervezas encima, y fernet, y se me salió la cadena y empecé a filosofar y le pedí a Euge que me anotara esta frase en el celular.

Hay cosas que yo sé que quiero que los otros sepan. Y hay cosas que yo sé que no quiero que sepan.

Me rompí la cabeza hoy intentando encontrarle el sentido que tuvo ayer, pero fue inútil. Estoy recontra segura de que era un descubrimiento. Pero sé que tiene que ver con esto:

--Y ya lo ves. Ya entiendo porque vos y Mati son mis mejores amigos. Vos me decís las cosas que yo YA SÉ. Me identifico con lo que me decís. Me encuentro en lo que decís o me reencuentro. Y eso me reconforta: me hace sentir menos sola en este mundo. En cambio, con Matute no es eso. No. Con Matu es descubrir. Y por eso los dos son mis mejores amigos.

Y ella me lo confirmó.

--Soy tan cholula. Hoy a papá en el hospital le contaba de vos. De tus notas en el diario.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Sin Dios.-


Confieso que no tengo Dios. Desde que se murió mi abuelo no tengo Dios. Yo le pedí, le pedí que él mejorara --tenía doce--, leía sola la Biblia todas las noches --sin entender nada--, sabía el Credo, el Ave María y el Padre Nuestro y hasta una oración que no sabía casi nadie. No solamente estoy bautizada. También tomé la comunión, y la seguí hasta la confirmación. En suma, pasé alrededor de seis años en la Iglesia y la verdad es que no fue por empuje de mis padres que casi nunca fueron a misa; se ve que de chica creía de verdad, necesitaba creer que todo eso que me decían era una verdad y que había en lo celestial un poder latente que yo podía usar a mi gusto. Para aprobar exámenes, para que un chico me quisiera, para que viniera rápido el colectivo, para salvar a mi abuelo.
Si todo lo que era detalle no se cumplía no me afectaba. Pero cuando el abuelo se murió me quedé sin fe. Sin Dios.

Quedarse sin Dios fue un tiempo conocer el desamparo.

Después vendría leer a Galeano y profundizar en todo lo que pasó en Latinoamérica. Y la cantidad de pavadas que impone la Iglesia. Pavadas, a mi entender (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...).

Y eso que de chica tenía intuiciones de otra cosa. De otras fuerzas dominando el universo.
--Yo creo en la reencarnación. Para mí, cuando alguien se muere su alma pasa al cuerpo de otra persona y...-- lanzó Fede, un compañerito de la escuela, en plena "clase" de catequismo. No terminó la frase.
Pero yo, que jamás había escuchado hablar de eso, grité "sí, sí, yo también".
--NOSOTROS no CREEMOS en eso-- corrigió la catequista.

Ahora tampoco creo en eso. Creo que creer en eso genera cierto alivio. Ya voy a volver, transformada. Nadie se imagina siendo un gusano en su próxima vida. Nadie siendo una vaca que desembarca en el matadero.

Siempre digo que "creo en lo que veo". Y sin embargo, hay circunstancias en las que la vida me parece mágica. Aquellas que algunos llaman casualidades. Imagino al azar como una suerte de batalla naval, un esquema de posibilidades. Pero me pregunto si realmente todo es tan matemático. Cuando pienso en una persona y de repente aparece caminando por la calle, sinceramente no puedo creerlo.

Tampoco cuando escucho la misma palabra 3 veces en un día, habiéndome topado con ella por primera vez.
Cuando digo una palabra y justo la leo de repente.
Tampoco cuando pienso en cómo conocí a algunas personas.

Ahí vuelvo a creer en algo. Y no sé qué es.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Y cuántos sentidos vienen
en el subte que llega...

martes, 10 de agosto de 2010

Escenario para la exploración de almas.-*

Más allá de la aparente “no-teatralidad” de sus textos, la escritora ucraniana que pasó la mayor parte de su vida en Brasil provoca nuevas lecturas en tres espectáculos muy distintos entre sí: Cariño, Corazones salvajes, y Muaré.

Por M.D.Y.
No es difícil pensar en Clarice Lispector saliendo de los límites de su propio cuerpo. En ese trance suelen encontrarse los personajes creados por la escritora ucraniana que pasó la mayor parte de su vida en Brasil. Se dijo que era una extranjera en la Tierra. No es difícil imaginarla –sombría y luminosa, distante pero frágil– resurgiendo de la muerte, como una extranjera escapando a su propio final. ¿Cómo se llamaría eso? ¿Resurrección? Seguramente ella ensayaría un término más exacto (o hilaría una seguidilla de interrogantes). Incluso lo tomaría como un atrevimiento: una vez se sintió la madre de Dios y el de arriba depositó una rata ante sus ojos, justo el bicho que más aborrecía. A más de treinta años de su muerte –en diciembre se cumplen treinta y tres—, sus palabras tienen igual vigencia que aquellos días en los que surgían rabiosas en su falda, donde se alojaba su máquina de escribir.

En las salas argentinas, los textos de Lispector se transformaron en carne más de una vez. En la actualidad, momento en que gana adeptos, conviven en la cartelera porteña dos obras basadas en textos de su autoría, y una tercera se reestrenará en octubre. Son Cariño, de Mayra Bonard; Corazones salvajes, de Verónica López Olivera; y Muaré, de Natalia López y Marina Quesada. Entre los escritos de Lispector se encuentra un texto teatral, La pecadora quemada y los ángeles armoniosos; no obstante ninguna de esas piezas partió del lugar que sería, lisa y llanamente, el más sencillo. Por eso, quizá como efecto de la no-teatralidad de sus textos (en este caso, novelas y crónicas), en el teatro las palabras de Lispector actúan como foco de inspiración, alimento de creaciones que, sin pretensiones de réplica, adquieren vuelos propios, personales.

Bonard, bailarina, coreógrafa y actriz, dice que parte de Lispector para muchos de sus trabajos, como Grandes amigos. Y el germen de Muaré fue un solo de danza que Quesada, bailarina y actriz, mostró en Barcelona. Así y todo, la relación de Lispector con el teatro no es fácil: exploradora de almas más que cronista de época, pintora enfermiza de mundos internos, ilusionista capaz de jugar con el tiempo de sus sentimientos (de prolongarlos para volverlos palabra); su escritura es descriptiva, subjetiva, ahorrativa en aquello que pide el teatro: datos históricos y sociales, acción.

¿Cómo volver teatro un texto que está exento de lo teatral? Cariño, Muaré y Corazones salvajes responden a este interrogante de maneras bien diferentes. Hay que decir que las dos primeras echan mano a la danza, dato a tener en cuenta si se piensa en cuerpos y mundos interiores. Pero si de realismo se trata, Corazones salvajes, basada en la primera novela de Lispector, Cerca del corazón salvaje, es la más “teatral” de las tres puestas. El “obstáculo y motor” de la obra, cuenta López Olivera, fue precisamente que la novela “no estuviera centrada en lo argumental”. Es decir que “hay hechos que suceden sin que se digan”. Ejemplo: si hay un embarazo, Lispector habla de una mujer acariciándose la panza. Todo es explicado a través de la materia prima de las sensaciones. “Tomamos la novela con sus blancos y la armamos cronológicamente. Los datos que no encontramos los inventamos”, indica la directora.

Cerca del corazón salvaje, editada por Siruela, es una suerte de biografía de Juana, un recorrido por la infancia y el camino a la madurez de una mujer sombría, absorta, en constante diálogo con el universo. La metamorfosis del texto en obra de teatro implicó dos renuncias: a fragmentos enteros (como su infancia) y a la centralización de la historia en la figura de Juana, con el fin de favorecer la participación de Lidia y Octavio, los otros personajes. López Olivera combinó a Lispector con sus lecturas sobre la teoría libertaria del amor libre y puso el ojo en las relaciones entre los tres personajes. El resultado: una enroscada historia de amor.

“¿Has pensado alguna vez que un punto, un punto único sin dimensiones es el máximo de soledad?”, pregunta en un momento Juana. En frases como ésta, el lector de Clarice la reconocerá en la versión teatral. La pieza exprime al máximo los escasos diálogos que ofrece la novela. Y ocurre un hecho curioso: lo que es espeso en la novela, en el teatro puede generar humor. Eso, a pesar de que el halo filosófico de la pregunta de Juana sea el clima de la novela entera. “El teatro es acción y Juana no hace nada”, sostiene López Olivera.

Si Corazones salvajes es un intento por volver acción el mundo interior de los personajes, Muaré toma de la literatura de Lispector su dimensión subjetiva y ontológica y la escenifica. López lo explica claramente: “Nunca buscamos acción. Se trató más de un estar”. Dos mujeres enfundadas en lujosos vestidos se encuentran en el lado B de una fiesta, el sector de los abrigos. Están en el límite, porque no participan pero tampoco dejan de participar. El único contacto con lo que pasa del otro lado no es del todo feliz. Hablan poco, se mueven todo el tiempo. Los movimientos de una son bruscos y cortantes; los de la otra, ondulantes. Ese modo de estar en el mundo –ni dentro ni fuera de él, en esa suerte de limbo– nació de la lectura de Un soplo de vida, el último libro que escribió Clarice, cuando ya estaba al borde de la muerte. Y sobre todo, se inspiró en Angela Pralini, la protagonista de la historia. En un principio, cuentan López y Quesada, directoras e intérpretes usaban los textos de Lispector. “Luego nos despegamos y quedó la sensorialidad del personaje”.

“Clarice me lleva a un lugar sin palabras. Si a partir de ellas tengo que crear con mis posibilidades, no sé qué decir. Y no encuentro en obras de teatro un acercamiento a la esencia de las cosas. Clarice no da por sentado nada”, se explaya Quesada. Según ellas, la hipersensibilidad de Angela implica un extrañamiento, constante signo de interrogación sobre el sentido de las cosas. “Es un ser que está en carne viva y todo es nuevo para ella”, describe López. Es eso lo que quisieron llevar al cuerpo. La búsqueda técnica redundó en “resultados expresivos” (ellas dicen que se mueven desde líquidos, piel y huesos, con sentido dramático). “No queríamos dar por sentado nuestros cuerpos ni movimientos”, resume Quesada. Y así es como acaban cuestionando lo que hay de establecido en su disciplina. “Nuestros movimientos son deformes en relación con el paradigma del cuerpo que conocemos”, cierra. Placer, soledad, extrañamiento. Pero también la pregunta al interior de esas palabras. Eso es Muaré, el mundo que “es siempre de los otros”.

Por último, Clarice se filtra en Cariño por más de un canal. Algunos son obvios, como el comienzo de la obra con una de sus crónicas (que escribió para el Journal do Brasil, aquí editadas por Adriana Hidalgo), “Una historia de tanto amor”. El tema es recurrente en Lispector: las gallinas. “Hay una ruptura en la vida de una niña cuando le comen una gallina que es su mascota. Me gusta porque empieza cándidamente pero tiene una cuota de peligrosidad”, sostiene la directora. El juego se abre con una mujer fuerte, voluptuosa, que narra la crónica a dos hombres delgados. La obra, que combina música, danza y teatro, explora todas las posibilidades de relación que existen entre ellos. La sexualidad, la sensualidad, la masculinidad y la feminidad son cuestionadas al calor de un violento intercambio de roles. En cuanto al relato de Clarice, deja su estela en el clima de la obra, que se caracteriza por la ambigüedad. Es que estos “tres jóvenes adentrándose en el mundo adulto” tienen sus experiencias “en un marco cándido” –la escenografía consiste en pasto sintético– “pero a la vez con una sordidez que está por debajo”.

Menos perceptiblemente, Lispector aparece en Cariño en la hermandad entre la poiesis de la escritora y la de Bonard. Clarice sostenía que jamás planificaba sus historias antes de escribirlas. También, que ella misma se sorprendía con las palabras que llegaban. Esa simultaneidad entre el sentir y la escritura –el famoso fluir de la conciencia– enamoró a Bonard y es su herramienta para “transmitir una sensibilidad”. Su última obra es por momentos caótica en el buen sentido, porque no se sabe para dónde va y porque no hay una relación explícita o cerrada entre los fragmentos que ocurren. “Me identifico con el recorrido que Clarice traza mientras va escribiendo, con cómo llega a los sentidos que le devuelven las palabras. Yo me guío de manera muy intuitiva: no me interesa lo lineal, lo preestablecido, lo que ya conozco, sino los lugares menos obvios, lo que aparece de manera inconsciente. Tiene que aparecer lo más íntimo de cada uno... de los intérpretes”, explica Bonard. “Es parecido a lo que hace Clarice con las palabras: soltar en vez de agarrar y dejar que empiece a aparecer”.

Agua viva

Un trío amoroso, dos mujeres al margen, otro trío que experimenta las diferentes formas del cariño. Las tres obras que rescatan a Lispector tienen su eje en las relaciones humanas. Será su habilidad para retratar los vínculos –o mejor, las sensaciones que generan– un dato más para armar el rompecabezas de su vigencia. Es también llamativo el cariz que toman las relaciones en las obras: ambiguas y nunca estereotipadas. Según López Olivera, Juana tiene “un corazón anárquico”. Cuando su contracara, Lidia, queda embarazada, ella no tiene problemas en compartir el hombre. Y al mismo tiempo, se de-sespera por tener un hijo. Se combinan, entonces, “una apertura de pensamiento” con un reconocimiento del “gusto por las cosas de la vida”, la tendencia a seguir por “la ruta a un modelo más burgués”. Es evidente, aun así, que la obra se posiciona a favor de la libertad de Juana. Mientras la monogamia siga vigente, la novela y su versión teatral lo estarán. “Me sentí muy identificada con Juana, porque se saca los tapujos que ni nos cuestionamos. ¿Cómo se maneja el sentimiento de amor hacia otra persona cuando se está en pareja?”, se pregunta López Olivera, que habrá espantado a más de uno con esos pensamientos. “El público en general le echa la culpa a Juana de haber separado a Lidia y Octavio.”

En la obra de Bonard, cada uno de los personajes “atraviesa en poco tiempo un recorrido vital”. De nuevo la ambigüedad. “El chico más angelical pasa por un momento de soledad cuando corre y salta haciendo pasos clásicos. Mientras, los otros están juntos y a él le aparece un lugar de su sexualidad más andrógina. Ella al principio está distante con los hombres, después manifiesta mucha atracción”, profundiza. “Me baso mucho en las percepciones sobre las relaciones y cosas a veces no dichas. Incluso en el silencio. Y en la impresión que me queda en el cuerpo”, concluye.

“A veces Angela le canta a la soledad y en otros momentos la padece, la desespera”, sostiene Quesada, para quien la soledad es modo de relación con los otros. A ellas les pasó, confiesan, eso de estar en una fiesta y al mismo tiempo no estar. “Estar al margen es no poder salir, porque saliendo podés armar algo nuevo. En nuestra sociedad, el margen significa estar adentro. Ese espacio tiene miles de posibilidades pero incluye un estar preso. Si no armás un nuevo ecosistema quedás preso del que hay”, reflexiona Quesada. Curioso: esos dos personajes no tienen otra manera de salir del sector de los abrigos más que atravesando la puerta que da... a la fiesta.

“Si es verdad que existe una reencarnación, la vida que ahora tengo no es propiamente mía: un alma le fue dada a este cuerpo. Quiero renacer siempre. Y en la próxima reencarnación voy a leer mis libros como una lectora común e interesada, y no sabré que en esta reencarnación fui yo quien los escribió.” Eso son también Bonard, López Olivera, López y Quesada. “Alguien me escribió un mail con un fragmento de Un soplo de vida diciendo que le recordaba a mí”, recuerda Quesada. “La tengo todo el tiempo en la mesita de luz”, afirma Bonard. “Me abrió la cabeza”, coincide López Olivera. Qué decir sobre la reencarnación que no haya dicho Clarice: no estarían al tanto. La inspiración a través de ella aparece, entonces, como lo posible.

* Publicado en Página/12 el lunes 9 de agosto de 2010.

martes, 6 de julio de 2010

Nido de palabras.-

Cuando hoy le pedí a un amigo que me contara sobre su vida, simplemente le dije: "¿Qué onda?". Entonces, él me respondió: "¿Qué onda con qué?". Le pedí que me contara aquello que no se ve. Y entonces caí en la cuenta de la pirueta que mi cabeza estaba haciendo: aaaah, entonces para mí la vida es lo que no se ve.

Leí el otro día una frase de Pessoa que decía que mientras más hablamos, más desconocidos nos volvemos. O algo así como que hablar era la mejor forma de volvernos desconocidos.

Yo hablo mucho, pensé. Incluso sola. Mi cabeza es un nido de palabras.

¿Entonces eso es lo que realmente soy? ¿Lo que no digo? A mí primera psicóloga le dije que decía todo lo que pensaba. Mientras Freud me increpaba desde una pared que es mejor olvidar, me dijo: "Daniela, el mundo sería un caos si todos dijéramos lo que pensáramos".

Cerré la boca aunque quise putearla o dar un portazo. Odio que los psicólogos tengan razón.

Pero en este vaivén (léase, texto) hay palabras que callan. Casi tanto que soy una desconocida para mí. ¿Hay algo más atractivo que despertar cada día sintiéndose nuevo? No sería sentirse extraño, sería como calzarse una camisa de la feria americana y decir: fuiste (de) otro/a, ahora sos mío/a, en algún lado se supone que decía que te iba a tocar. Una resurrección.

Ella.-


lunes, 5 de julio de 2010

Cadena para veinteañeros.-


¿Qué es lo que me produce miedo de crecer? Ayer tenía catorce años y luchaba con mis padres para que me dejaran salir más. Quería que me dejaran salir hasta más tarde. Hoy tengo veintitrés.
Ahora es la gran etapa de las amigas que se van a vivir solas.
También pareciera ser la etapa en la que una se siente tan cerca de alguna gente: como hermanada en esencia. Nos sentimos más firmes, creemos que hay cosas nuestras que no van a cambiar. Entonces nos aferramos a los que creen que esas cosas tampoco van a cambiar en ellos. Siempre fui celosa, posesiva. Ahora lo soy más.
También es la etapa en la que otros no nos entienden. Parece que así será toda la vida. Es la etapa en la que en tu pieza se juntan un viejo sticker de Kosiuko (que, para peor, te regalaron, porque aunque nunca tuviste esa ropa alguna vez la anhelaste) y libros de los más variados. Pero, casi sin darte cuenta, le vas dando forma a tu biblioteca: estás buscando no referentes, sino caminos andados que te digan cómo se sigue.
Abrís el cajón y se caen recibos de sueldos de Mc Donald’s, una foto de un amor de adolescencia y alguna carta que te hizo llorar (esto parece una cadena para veinteañeros…).
De repente, estás atascadísima en tu casa por una nota. Alguien no te atiende. Y puteás. Y te decís cuándo fue el momento en que aceptaste esta responsabilidad. Tener veintitrés años y andar corriendo a la gente. Pero te sentís plena. Sentís que te corre sangre. Transpirás. Y ahí te acordás del porqué.
De pronto llega el sábado y te querés olvidar de todo.
Hubo un momento en el que todo empezó a andar y no te diste cuenta. Sabías que no tenías otra cosa en la vida que te gustara más que jugar. Y fue lo que siempre hiciste. Pero te tuviste que tomar el juego enserio, tal vez promediando los dieciocho.
Llegó un momento en que tu pieza te empezó a quedar chica y sentís que necesitás… tu espacio. Uno que te abrace a vos y que te revolee de prepo al mundo. Que puedas hacer la tuya adentro y afuera.
El sticker se burla de vos porque no lo podés extraer del espejo. Ese viejo jean te parece ropa de idiota, de pendeja tonta. Y no encontrás nada mejor que la ropa de tu vieja.
Hay cosas que nunca se pierden, claro: los mates de la abuela tienen el mismo sabor que antes. Y los querés tomar siempre.
De repente te das cuenta de que tu mejor amiga es la soledad. Como siempre. Pero hay un grupito de gente que amás con toda la locura del mundo. Y que estar con los demás te hace bien.
Y que te gusta jugar, como antes.
Y que tus rulos se reproducen en masa.
Te ponés triste porque creés que hay cosas que no vas a ser nunca. No es así, te consolás.
El aroma a sahumerio de tu ex inunda tu pieza. Sonreís por la magia del recuerdo.

Supongo: el miedo a crecer es una respuesta obvia ante la mueca paradójica de la vida, esa que me hace sentir que la rueda gira sola, pero que me hace caer en la cuenta de que casi todo lo elegí yo.

viernes, 2 de julio de 2010

Ser o no ser.-


Esa frase, para mí, refleja las dos formas auto-generadas de sufrir: se sufre por miedo o por autenticidad.

domingo, 27 de junio de 2010

Historia de perros.-

A Vico

Moe--El único honesto en esta vida ha sido un perro.
Curly--Sí, pero no sería un buen ejecutivo. ¿O crees que sí?


Hay cosas que se saben antes de que ocurran. No son premoniciones, porque uno cae en la cuenta de que sabía que eso sucedería sólo cuando sucede: son pálpitos in situ. Recién cuando ella me dijo que tenía algo que contarme supe que eso era lo que tenía para contarme. Temo que también supe que no le iría demasiado bien, pero no quise cortarle las alas. Ella es de mis amigas que no sólo saben volar, sino también actuar en pos del vuelo.

Le cuesta porque se atemoriza. Pero eso de ser consciente del temor la vuelve hermosamente humana.

Me contó que había encontrado un perro en la calle y que se lo había dado a su mamá para que se lo cuidara. Enseguida me acordé de Tanya, mi hermosa gata-guerrillera. Pero, admito, yo no la adopté por caridad. En cambio, mi amiga había actuado guiada por otro tipo de sentimiento, más cercano a la solidaridad. Ella ama a los perros, y me atrevo a decir que casi más que a los humanos.

Mi mamá es igual, y me reta cuando ve que los trato con cierto desdén. El otro día me llegó a decir que no sentir debilidad por los perros me hacía peor persona. Me duele, porque le creo. Lo que sí no le creo es que encuentre en eso el augurio de que no voy a tener hijos: no me hago cargo en absoluto de esa relación.

Cuando toqué el timbre me di cuenta de que la charla telefónica me había brindado un pronóstico desacertado: la situación superaba ampliamente a mi imaginación. O ella no me había brindado detalles excesivos o yo la había escuchado a medias. Santiago, el can, estaba en las últimas. Ahora lo tenía en su casa, luego de que su madre se lo devolviera cual paquete. Y su casa no es precisamente una casa, sino un departamento. De manera que el perro se encontraba encerrado en las cuatro paredes de una ínfima habitación.

La imagen era, sin embargo, la máxima expresión de fidelidad de la que tenga registro. Cuando Victoria bajó a abrirme, detrás de ella venía el muchacho negro, cabizbajo, entregándole sus pocas fuerzas en un agradecimiento por lo que había hecho por él. Se subía al ascensor luego de que ella subiera. Cuando ella bajó a buscar las empanadas de la cena también la acompañó. Ella lo besaba, lo abrazaba, lo zarandeaba más de lo que el cuerpo maltrecho del perro le permitía.

La vida del perro transcurría en cámara lenta. Sus movimientos eran sufrientes, su mirada triste. Aunque no chillaba. No podía dejar de mirarlo, porque pese a la tristeza que lo envolvía no perdía hermosura. Llevaba impregnado el halo mágico que todos los animales de la calle tienen.

--Lo encontré en Lomas, vomitando grasa y un cacho de plástico—dijo ella. Silencio.—La veterinaria me dijo que no se puede operar. Tiene un megaesófago… eso significa que la comida no le va al estómago. Se le queda ahí. Entonces, hace un proceso y vomita todo…

La escuchaba con toda la atención que merecía el caso. Parecía, de pronto, una científica. Se sabía todos los pormenores de la enfermedad del perro. Ella lo sujetaba fuerte mientras le incrustaba cucharadas de un líquido que desconozco, por el momento el único alimento que podía consumir el animal.

--Va a vivir unos dos años nada más…

De repente, silencio de hospital. La tristeza de la verbalización de la muerte. Eso que es tan inevitable y que a todos nos llega. Si no vivimos perturbados es por no saber cuándo ocurrirá.

--Le tengo que dar de comer a la mañana y a la noche. Siempre este líquido.

Su vida dominada por un animal, pensé. Mamá tiene razón: no quiero tener hijos. Ni que me lloren ni que me demanden ni a los que tenga que alimentar a la hora que se les ocurra. Victoria es, efectivamente, mucho mejor persona que yo. Darle un buen trozo de su vida a un animal sufriente y a punto de escalar al cielo.

La admiré demasiado, y repudié a los que lamentan los pesares de los otros sin hacer absolutamente nada. O demasiado poco. Y me incluyo.

Hoy Santiago dejó la casa de Victoria. No resistió. No se murió, pero por su gravedad Victoria lo trasladó a un lugar donde pudieran darle cuidados más intensivos que los que ella pudiera darle. Ella me dijo que se siente mal, que la situación se le fue de las manos. Que nunca debería haber agarrado a ese animal, que le trajo problemas en su casa, que obviamente no lo iba a poder cuidar.

Mi manera de calmarla fue decirle que la aparición de Santiago en su vida era rotundamente inevitable. Que si no fuera él, hubiera sido otro. Ella y su amor por los perros, lo vengo escuchando tan firme hace rato. Hay fuerzas internas que son demasiado potentes como para intentar frenarlas.

A la distancia, Victoria va a seguir bancando a Santiago con una parte de su sueldo. Eso significa que, en parte, seguirá siendo suyo. Santiago por lo menos podrá darse algún paseíto por el pasto. Este domingo debe haber disfrutado del poco sol que salió.

No te lo reproches, Vico: pequeños lujos para un perro callejero que finalmente conoció el amor y el agradecimiento.

sábado, 26 de junio de 2010

Yeta.-

Siendo sencilla en mis pretensiones, clara en mis dichos y reverendamente auténtica, las cosas me salen como el carajo.

martes, 8 de junio de 2010

-Tengo miedo.
- ¿De qué?
- ¿Nunca lo tuviste?
- ¿De qué?
- Me atraviesa.
- ¿Qué cosa?
- Se me cuela... no sé.
- Pensá...
- TENGO MIEDO Y CUANDO NO PUEDO EXPRESARLO TENGO MÁS.

Lalala.-

Hace unos días que tengo una felicidad extrema. La gente suele decirme que llevo merca en mi cuerpo (desde superiores en el trabajo hasta amigos muy cercanos), lo cual en un punto es negativo, pero no deja de tener una gracia extraordinaria. La cuestión es que mi felicidad dista mucho de ser mi típico acelere; es, de verdad, felicidad, alegría, algarabía. Hace poco tiempo tuve la misma sensación y me duró una semana entera. Ahora vengo estirándola un poco más. No sé qué es, porque no es que ALGO pasó para que me sintiera de esta forma.

La reflexión sobre este estado es lo único que me saca de tema, digamos. Porque acaba produciéndome cierto malestar. ¿Por qué demonios si uno está contento tiene que andar pensando que lo está? ¿Por qué no puede ser lo común, lo delicioso de todos los días? No. Uno tiene que notarlo. Es una verdadera bosta.

No es mi intención hacer un viaje hacia las profundidades de mi subjetividad porque, a decir verdad, eso no le interesa a nadie. Y uno supone que cuando escribe un texto, cualquiera que sea, estima que hay un lector del otro lado que cae de casualidad en su blog y dedica algo de su tiempo a leer lo que aquí se relata. Pero potencialmente esto siquiera me interese a mí, si consideramos que uno tiene en su cabeza ese concepto semiológico de auditorio social; la verdad es que a mí no me interesa leer nada que tenga exactamente que ver conmigo.

Pero bueno, aquí va un pequeño gran descubrimiento que colmó de felicidad a mi persona: estos días creo haber encontrado una certeza: lo que uno tiene que hacer en su cotidianidad, para ser feliz (por lo menos en el estado en el que yo me encuentro hace un par de días) es abrir sus sentidos y su cabeza como para registrar cómo demonios podría estar mejor. Creo que me he vuelto capaz de detectar las potencialidades que tiene mi ser en los momentos más comunes y corrientes, y que agarro, cual si fueran pajaritos volando por los aires, las que me calzan justo. Una hamburguesa es una potencialidad. Un llamado telefónico, darle la mano a alguien, ir al lugar que quiero, dormir antes de las 3.

Escribir esta boludez era --de todas las posibilidades de este momento-- la que más me copaba.

domingo, 6 de junio de 2010

De cómo pasa el tiempo (o el balance número 23).-


Estoy orgullosa de: tener amigos/as que conozco desde hace mucho tiempo y otros que no le temen a darme besos (apasionados) en el cachete en cualquier momento y lugar (responsables de mi locura, Nobles Bestias). Tampoco a decirme con lujuria "te amo". No tenerle ningún miedo al ridículo. Haber bailado en rondas mágicas. Tener una madre que me despierta con mate en la cama: la gloria. Mi biblioteca y la ilusión de leer todo lo que en ella cabe, y la de rellenarla. Hambre, dolor, bronca. Porque necesito sentirlos; sino se me pasa la vida por al lado... Estoy segura de que aguarda un cambio, lo palpito y hay cosas que no pueden esperar... Y de las ganas, las que más me fascinan son las de vivir (insoportables, desgastantes, encantadoras).

viernes, 4 de junio de 2010

El visitante.-

Están golpeando la puerta. Un golpe. Ahora otro más fuerte. Ahora dos corcheas, cuatro semi, de repente una seguidilla de fusas.
No.
Es mi cabeza la autora de este flagelo; tal vez deba darme un baño y echarme a dormir.
De nuevo. La madera se vuelve golpe. Otra vez la corchea se instala en un pentagrama difuso.
Cuando las líneas de la realidad se
vuelven

tambaleantes ya nadie quiere

saber



NADA.

Espío por el agujero que conduce a la calle, esa realidad tan mínima que está afuera y que no es mi casa. Helada, no puedo permitir que mis brazos sigan sufriendo este frío. Enciendo la estufa, me siento, me duermo sentada.
Algo me hace mal, algo que está en el aire. No puedo sola. El cigarrillo insiste en convocarme, voy a él. Tengo calor ahora.
Golpes de nuevo.
No; será el viento. Me da miedo pensar en la charla que tuve aquella vez. Qué desprecio. Qué loca y aberrante que es alguna gente. Mejor tenerla lejos. Esa que dice la verdad tan horriblemente, que no sabe elegir las palabras correctas. Porque una cosa es decir la verdad y otra hacerla más fea.
Y vos... Si venís, me voy


yo.

Dos huéspedes que no quisiera recibir por nada en el mundo. La mentira hecha carne en tu cuerpo (de estofado).
Sigilosa como si hubiese alguien en la casa voy a buscar un sanguche. Siempre la comida altera mi estado de ánimo, y nunca para mal. Lo devoro como si fuera el último día de mi vida.
El visitante se siente a gusto con mi sahumerio de coco. Le agradezco la visita porque en este momento estaba inquieta. Quizás... no sé. Quizás sólo necesitaba hablar con alguien. Hay necesidades que no se conocen hasta que se tiene lo necesitado. Hay otras que nos inventamos. Quién sabe. Me da dinero, no lo acepto, le digo que esas cosas no merecen paga. Cae la última gota del día. Gracias por venir, le digo. La suya ha sido una agradable sorpresa.
Váyase a la mierda, le digo.
Ahora mi necesidad es gritarle a alguien. ¡Qué felicidad la de tener a alguien para hacerle cualquier cosa, para manejar sus hilos cómica y trágicamente! (y más si todavía cree en el destino... o en las personas).

Difícil es creer a veces.

Mierda y mucha mierda con R.

Vos, ella y el visitante asquerosamente idiota.
Qué bueno, se fue.
Me recuesto. Aflojo los músculos tensos.
Hay algo oscuro en el aire. Soy negra de piel y de espíritu. Nadie podrá salvarme. Afuera son todos buenos y mi corazón está podrido. Consigo que me mires y que dejes de mirarme de la manera que quiero. Lo hacés todo tan perverso... ja. ¡Qué mecanismo más pelotudo!

sábado, 29 de mayo de 2010

Llovía.-

--Estoy viendo cosas raras--dijo ella.
--Decime--rogó él.
--No puedo. No las puedo explicar, no me entenderías.
--Dale... decime.
--No.
--¡Qué mala que sos!
--Está bien... ¿viste aquél edificio? Lo veo viejo. Vi una luz naranja por la ventana, una persiana maltrecha y ajada, y justo pasó el tren e hizo ruido. Y el resto de las persianas, cerradas. Eso: de repente vi todo viejo.
--...
--...
--Ja. Ja, ja.
--¿No te das cuenta de que todo parece antiguo hoy? Todo parece viejo. Es más: juraría que todo está igual desde que vos y yo nacimos.
--Pero eso no significa que todo esté viejo --la calmó él--. Significa simplemente que fue hecho hace tiempo.
--Eso es lo mismo que algo que es viejo.
--No, no es lo mismo. En todo caso, los viejos somos nosotros.
--...

Y ellos se conocían desde hacía tiempo.

jueves, 27 de mayo de 2010

El mundo nunca es de los otros.-


*Escultura de Edgar Degas.

La historia no tiene principio ni fin ni nudo ni clímax. La historia es real pero tiene personajes sin nombre. La historia tiene cuatro protagonistas: persona 1, persona 2, persona 3 y persona 4.
Bien.
Persona 1, persona 2, persona 3 y persona 4 comparten mesa. Charlan, se ríen, bromean. Se miran, buscan complicidad. Con la sonrisa, con la mirada. Persona 1, persona 3 y persona 4 coinciden en sintonía. Están a gusto. No hay un más allá. Ahora, persona 2 no entiende nada. O todo, sólo que quiere guardar ese tesoro únicamente para sí.
La mirada de los otros la incomoda. Necesitaría estar a solas en este momento (o con un gato). Sola, en un bosque. Desnuda, pero sola. Burlarse de todos desde el triunfo de la soledad, tan bella cuando se puede devorársela como a una fruta. Precisamente eso es lo que está haciendo: se burla, pero le da un poco de vergüenza. Y se burla por la ignorancia de los demás, ignorancia que no está relacionada con un objeto externo. Simplemente, es la ignorancia de no saber qué acontece (en el cuerpo, en la mente) de persona 2. Persona 2 está en otra. Ha viajado. Es ella la que está en un más allá, en una posición metafísica está su ser.
Todo le molesta a persona 2. Ha encontrado un camino de luz sin linternas ajenas. Está bien así.
Bebe un sorbo y se ríe.
Los ojos, achinados. Alguien se percata. Y la mira. Pretende ingresar en ese terreno inquieto y baldío que es la soledad cuando se está con gente (algunos tontos creen que eso es triste). Persona 2 se ríe. No puede evitarlo. Persona 3 está absorta. Quiere entrar…Pero no puede.
Persona 2 se niega.
No.¿Cómo vas a hacerle eso? Dejala.
Persona 2 le pide que por favor deje de mirarlo. Luego pedirá que no le saquen fotos. Por favor, hazlo. No me mires, le dice. No me mires a mí, mirá a otro.
Persona 2 regurgita humildad. Persona 3 lo nota. No, no es humildad. Es egoísmo. Persona 2 tiene algo que los demás no tienen. No lo quiere compartir. Persona 3 no puede seguir jugando. No quiere. No le gusta. Se siente excluida. Cavernas puras: una vez que se vio la luz, hay que salir para siempre. Persona 3 entiende que persona 1 y persona 4 están afuera, pero ni siquiera puede invitarlas, pues ella no es quien tiene el poder. Es persona 2, y mientras persona 2 siga hundida en su hermosa estupidez, ella entonces no podrá ingresar, de manera que tampoco podrá invitar a nadie al castillo.
Persona 3—(con desesperación) Persona 2, ¿dónde estás?
Persona 2—Estoy en el lugar donde vos querés estar.
Persona 3 tiene rabia, angustia. La rabia llegó luego de la angustia, en realidad. La angustia es producto del silencio, casi siempre. Se siente rabia por palabras ajenas. Persona 3 tiene desconcierto, ganas de vomitarle en la cara a persona 1 y 4, pero a persona 2 la sigue amando con locura. Más misterioso aún todo, pensó. La fuerza de lo impenetrable. Ese paisaje magnífico en el que persona 2 estaría alojado. Stairway to heaven. Persona 3, de pronto, siente que persona 4, algo bruscamente, ingresa al juego. Lo curioso es que persona 4 está comenzando a obnubilarse. Así, sin una cuestión progresiva. Se desata persona 4, ¡quiere jugar! Quizás nunca haya jugado a nada así. O por lo menos su percepción siempre ha sido un abanico cerrado, roto, despojado de deseo (nada funciona sin él). Se aprende cuando no se entiende, piensa persona 4. No estoy entendiendo pero cómo me gusta…
Persona 4 observa de reojo a persona 3. La teoría del espejo lacaniana en movimiento. Persona 4 comienza a desear a persona 3. No con tanto fanatismo como persona 3 miraba a persona 2, pero aún así eso es lo que está sucediendo (no todos tienen el mismo ritmo en esto de la identificación). Persona 3 cambia su objeto de atención. Se olvida, por un instante, de persona 2. Se olvida del paraíso impoluto de flores celestes en el que quizás se encuentre su mente. Se va. Se esfuma. Clava su mirada en persona 4. ¿Por qué? Siente los hilos del deseo mecerse en el aire. Ahora persona 3 está contenta: alguien está deseando estar en su lugar. Su lugar toma la forma del deseo. Increíble. Y así se percata de la sensación de persona 2. Sólo cuando persona 3 sintió que persona 4 quería estar en su lugar (en el de persona 3), persona 3 se olvidó de persona 2 y sintió un goce extraordinario: el de la posesión de algo que no tenían los otros. Sintió que el único lugar posible en el que se podía estar en ese momento era en el que otros deseaban estar. Allí el goce alcanzaba su cauce. Sola, se desnudó.

No es que el mundo es siempre de los otros. El mundo, en ese momento, pasó a ser de persona 3. Y si el mundo era de los otros, entonces había otra cosa más grande que el mundo que pasó de persona 2 a persona 3. Plusvalía, le dicen.

lunes, 10 de mayo de 2010

Sinsentido noctámbulo.-


*Dibujo de Eu "la excitante" Foguel

Se veía que había agua en el espejo. Ella pasó su mano por el espejo. El agua no salía del espejo.
En la partecita en la que había agua, en el espejo, nada de su cuerpo se veía. Se volvía invisible frente al agua. El agua estaba empezando a expandirse por el espejo. El agua era azul.
Quiso conquistar el agua. Tiñó de azul su vestido más blanco.
No funcionó.

Entonces se desnudó.
Recién allí pudo verse; azul su cara, azul su cuerpo y sus manos. Azul toda ella.

Dejar que la realidad invada los sentidos. No teñirlos a ellos para que la realidad sea otra.
Nada de lo que tiñas puede ser sincero.

viernes, 7 de mayo de 2010

Historia de amor callejera.-

El día anterior había visto a un pibe en una esquina. La típica: cruzábamos miradas, nos avergonzábamos y nos ocultábamos en el convencionalismo de que no hay que mirar, porque se sabe que nada pasará, porque somos extraños y porque estás esperando a tu novia. Bueno, la que llegó --estimo-- no era una novia, porque no se agarraron de la mano ni se besaron al verse, y porque además compartían uniforme de lugar de estudio. Por las dudas, aclaro, no era una escuela, sino un instituto de educación física cuya formación otorgaba al muchacho una espalda interesante, un cuerpo sólido parado allí en una esquina para mi puro deleite, en esa esquina en la que yo también esperaba a un amigo, con el cual luego compartiríamos no uniforme pero sí borcegos que esa tarde fuimos a comprar.
Me atrevo a decir que soy una mujer a quien no espantan los piropos. Las mujeres que dicen que odian los piropos me generan cierta desconfianza. Claramente, los hombres desconocidos que en una oración deslizan el verbo "chupar" no me hacen gracia, pero no considero a eso un piropo, aunque decir grosería me suena de vieja de Recoleta. De hecho, los piropos en la calle me divierten más que lo que pueda suceder en un bar, en una discoteca. Ese halo de lo inalcanzable que tiene la calle me gusta. ¿Quién no tuvo un amor de colectivo? Dolina hablaba de la gente que está esperando el subte que viene del lado contrario... Los amores de calle son mi peor frustración, porque no puedo hacer absolutamente nada frente a ese tipo de sentimientos bruscos, repentinos pero --no sé por qué-- en mi caso, inolvidables.
Recuerdo otro, sí, un pibe en un colectivo. Inmenso.
Pero la historia de amor callejera más copada que tuve en estos días fue otra. Iba caminando, como todos los días de mi vida, por mi cuadra. Tres pendejos iban adelante. Una cuadra adelante, incluso. Uno se da vuelta. Me mira. Cuando digo pendejos, es porque calculo que rondaban los diez y doce años. El que me mira le dice algo al de la otra punta. Me mira. En eso, veo que los tres se detienen. Uno se oculta detrás de una camioneta. Los otros dos se quedan parados, cerquita del cordón. Yo caminando, los alcanzo. Veo que se me acercan. Me frenan. Me quito el auricular del oído para escucharlos.
--Mi amigo dice si da para un trance...
El sol iluminando al pendejo que estaba escondidito detrás de la camioneta. Apenas se le veían unos cabellos que el viento movía. Yo esbocé una sonrisa. Ternura, sentí. Pero la palabra "trance" me hacía ruido. Apenas sabía que se seguía usando. De hecho, pensé, jamás me pidieron literalmente "un trance". Generalmente "trance" se troca por el más sutil y musical "beso". No sé por qué, en ese instante se me vinieron recuerdos de mis primeras épocas, mis primeros chicos, mis primeros besos (o trances). Los doce años, esa etapa en la que se va configurando el diccionario relacional de la vida. Majito. Pantalones blancos, rulos sueltos, plataformas. Qué lindo. Y la inocencia, porque a los doce años me acuerdo que mis compañeras transaban todas, y se subían arriba de mis compañeros, pero yo miraba. Y eso que estaba rotundamente enamorada de Juanma, desde los nueve. Y los dos estábamos enamorados. Él me lo dijo en la fila: "me gustás". Y yo me fui corriendo a lo de mi prima, un poco por la timidez del momento y porque todos lo estaban avivando, y otro poco por la ansiedad de contárselo a ella. Juanma, ¿qué será de su vida? Cuando tenía Facebook, me acuerdo, lo busqué. Pero no estaba. Era obvio: Juanma no iba a tener Facebook, era un tipo demasiado simple, austero, de la calle. Me gustaba eso, el contraste. Juanma era un vago de la calle, a sus 12 años. Tenía corte taza en una época, ojos verdes, gigantes, una sonrisa esplendorosa y blanca. Y yo me acuerdo que Juanma quería que fuéramos noviecitos o darme un beso, y me acuerdo que mi mamá o se enteró --porque era maestra en mi misma escuela-- o yo le conté --pequeña idiota-- y me dijo: "Está bien, pero no se van a andar dando besos". Ese beso con Juanma nunca llegó. Se lo expliqué en una carta que le di a un tercero para que se la diera, y que después pedí que por favor no se la diera. Al final no sé si la leyó. Y además, por esas casualidades de la vida, en la botellita nunca nos tocó besarnos. Y yo, además, era medio lela y huía despavorida cuando llegaba el momento de los "trances".
Después de mi sonrisa, la ternura y los recuerdos, temí herir el orgullo de aquél niño escondido detrás de la camioneta. Como si estuviéramos en una discoteca o como si yo misma tuviera apenas doce años o por la sola costumbre humana de liberarme de la culpa y echársela a un objeto externo, le contesté a sus amiguitos....
--Mmm, no puedo, che. Tengo novio.
Y seguí caminando, pero convencida y contenta de que hay amor o trances disponibles en la calle.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Lorna


Se miraba al espejo y pensaba
No sé qué carajo soy
Por qué tengo que definirme
Mujer o hombre
No
Son palabras
Bueno ellos tienen algo que yo no
Al fin y al cabo…
¿cuánto influye eso en cómo soy?
Sí. Mucho.
Y después se daba cuenta de que
Casi nunca, salvo hermosas excepciones,
Era consciente de que era
Lo primero.
No lo tenía presente al actuar.
Era una fusión casi cósmica.
Se terminó preocupando
Porque el resto se espantaba.
Rompió el espejo
con la fuerza de mil tigres
Los vidrios la quebraron
y volvió a actuar como mujer:
llorando

jueves, 29 de abril de 2010

¡Esto no puede ser real!

Nota que tiene YAHOO hoy en su portada... de no creer.

El top 10 de los restaurantes preferidos por botineras y raqueteras
Chicas, si quieren enganchar a un deportista con plata, lean esta nota.


Ser botinera y/o raquetera, o sea, hacer todo lo posible para enganchar a un jugador de fútbol o a un tenista, está de moda. En plan de ofrecer un servicio a las lectoras que sueñan con mejorar su calidad de vida abrazándose a la billetera de un deportista de elite, aquí va un listado de los diez restaurantes y bares más recomendado de Buenos Aires para salir a probar suerte. Y si te gustan los basquetbolistas, los rugbiers o los polistas, en este top ten también te decimos adónde encontrarlos.
1. ESPERANTO. Esperanto es “el” templo de las botineras internacionales, porque lo eligen los futbolistas solteros que juegan en Europa cuando vienen de visita a Buenos Aires. Es el lugar más apropiado para las chicas que quieren seguir los pasos de las hermanitas Wanda y Zaira Nara, o de Evangelina Anderson. La temporada alta se acerca. En dos semanas empieza el receso en el fútbol europeo, así que a prepararse. (Juan B. Justo 1625, Palermo)
2. INKE. Este resto bar en Palermo es otro de los favoritos de las botineras, a las que por cierto no les interesa especialmente la gastronomía del lugar, que es bastante básica, sino la posibilidad de asomar sus siliconas en el VIP para codearse –es una forma de decir- con algunos de los tantos futbolistas que lo frecuentan. El Kily González es uno de sus habitué. Abundan los jugadores de fama media con buenos salarios. (Niceto Vega 5635, Palermo)
3. SUNSETE. El restaurante de la disco Sunset, de Olivos, seguramente jamás obtendrá un premio a la excelencia gastronómica porque su menú es un tanto rústico. Pero esto poco parece importar ni a unas ni a otros. Las aspirantes a un buen pasar saben que el mejor bocado que pueden conseguir en ese lugar es un romance fugaz con un futbolista que las catapulte a los programas de chimentos. Ariel Ortega es uno de los que muy a menudo dice presente.
4. ROND POINT. Si sos (o querés ser botinera), pero ya pasaste la barrera de los 45, no pierdas las esperanzas. Acá te vas a encontrarte con ex jugadores y actuales técnicos que no por veteranos perdieron las mañas. (Figueroa Alcorta y Tagle, Palermo)
5. LA RAYA. Acá no se va a levantar delanteros que pasan por un buen momento, sino a buscar a los verdaderos peces gordos que manejan el fútbol. Técnicos, dirigentes, empresarios y futbolistas almuerzan y cenan en este tradicional restaurante donde, por otra parte, se comen excelentes mollejas y chinchulines de chivo. Sólo para mujeres que no se andan con chiquitas. (Ortiz de Ocampo 2566, Palermo)
6. GODOY. Paraíso de las raqueteras. Si querés seguir los pasos de Marcela Kloosterboer y Agustina Córdoba, podés ir a este bar y restaurante, frecuentado por tenistas. Pico Mónaco no falta nunca. Tampoco Willy Cañas (fanático de las caipirinhas de maracuyá). Juan Martín del Potro también se da una vuelta cada vez que aterriza en Buenos Aires. (Paraguay 4905, Palermo)
7. ROJO Y NEGRO. Lugar poco fashion, pero recomendado para damas amantes de los basquetbolistas. Frente a Obras, para émulas de Pamela David. Allí paran muchos jugadores de básquet solteros como Juan Espil, Gabriel Fernández o el cubano Lázaro Borrel, que suele ir a la mañana a tomar su café con leche con medialunas o luego de los partidos a comer pastas, una de las especialidades de la casa. (Av. del Libertador 7464, Núñez)
8. ESPACIO LA DOLFINA. A pocos pasos del Campo de Polo de Palermo, en estos días de definición del Abierto Argentino, aquí abundan los hombres “del taco y la bocha”. Deportistas facheros, con billeteras abultadas. Apellidos como Heguy, Merlo, Novillo Astrada, Castagnola y Díaz Alberdi. Casi es condición necesaria ser modelo para arrimar la bocha con estos muchachos. (Andrés Arguibel 2874, Las Cañitas)
9. SABBIA. Restó-bar emblemático para señoritas que sueñan con enamorar a un rugbier. Sí: los rugbiers de Alumni, Belgrano, Champagnat y SIC vienen acá en la semana a cenar y los sábados después del tercer tiempo a terminar la noche. Como lo marca el estereotipo del rugbier, siempre van en cantidad, así que el mínimo que te vas a encontrar son cuatro. Están todos, desde el Puma Tomas Leonardi, ex jugadores del seleccionado como Leopoldo de Chazal, y cientos de machos fornidos que van a cenar y a tomar una cerveza. La semana pasada, por ejemplo, estuvo el plantel completo de Universitario de Tucumán. Cuestión de perfumarse, salir al frente y ver qué pasa. (Ayacucho 1240, Recoleta)
10. ASIA DE CUBA. Este restaurante, bar y discoteca de Puerto Madero es realmente un multiespacio para chicas deseosas de ser obsequiadas con un Mini Cooper, o al menos con una carterita de Louis Vuitton. Lo mejor es caer en grupo hacia las once y media, pedir un plato de su carta de cocina internacional y hacer tiempo hasta la una cuando se corren las mesas y empieza el dancing. Frecuentado por todo tipo de deportista en plan de levante, incluso por corredores de autos, menores de 30 años.

sábado, 24 de abril de 2010

El amor

         . *Ai* .            dice:
*estar un sábado a la noche sentada frente a la compu, más crota que nunca, sucia, fumando como un escuerzo, laburando para algo que no no me va a dar de comer nunca, eso es vivir intensamente para mí
*es tan lindo
*tan lindo
*siento que todo el tiempo le doy sentido a mi existencia
*y caigo siempre en la misma conclusión: el amor es intensidad pura
*si no es intenso, no es amor
dan dice:
*aaaaaaaaay
*sos una genia
*(L)
*sos genia ailu
*me gusta que seas mi amiga
         . *Ai* .            dice:
*jejejeje
*me re gustó conocerte, eh
*de posta
dan dice:
*jajaja
         . *Ai* .            dice:
*soy re agradecida por eso
dan dice:
*sonó como que te estás despidiendo
         . *Ai* .            dice:
*nonpo
dan dice:
*a mí también belleza
         . *Ai* .            dice:
*es un hola
dan dice:
*de posta
*jeejejeje

jueves, 22 de abril de 2010

¡Pastillita!*


* Título hurtado a segmento de canción de Damas Gratis
* Imagen de Gustavo Sala

*Qué ganas de no verte nunca más. Hace tiempo que abandoné al Facebook. Estoy más que contenta con la decisión tomada. Hoy, no obstante, volví a entrar para buscar fotos de una película --para algunas cosas sirve, y en ese caso le descubrí el yeite: puedo entrar cuando se me antoja y chau-- y cuando tildé la opción de desactivar mi cuenta de nuevo, se abrió un cuadradito violento en mi pantalla que me dijo: "Please choose an option" de tu partida. ¡Ah! El puto Facebook quiere que le dé las explicaciones por las cuales me voy... hubiese puesto "maldito perro, por algo no tengo novio, FUCK YOU y no servís para tres carajos". Pero no estaba.
*Norma. Qué mujer hermosa, la Aleandro. La vi en teatro hoy. Nunca vi una actuación igual. Miento. Puedo decir que Alcón en Muerte de un viajante me congeló la sangre. En Agosto, había en escena unos cuantos actores, y de los buenos. Pero yo no podía dejar de mirarla a ella. Sus ojos, yendo siempre en la dirección correcta, iluminados. Los movimientos de sus manos, tan desordenados --era una vieja que se clavaba unas cuantas pastillitas de todo tipo-- como exactos. Toda ella. Tiene una energía y una presencia arrolladoras. La amé, y eso que los clásicos no son lo mío. Pero me da la sensación que si Norma hace un espectáculo de clown me va a producir lo mismo. Me hizo reír mucho y casi se me escapa una lágrima. Es hermoso salir del teatro así. Impagable.
*Libro de caras. Volviendo al temón facebook --no quiero ponerme pesada con el tema--, el otro día hablábamos con una amiga acerca de las palabras y su relación "literal" o distorsionada respecto del objeto. Es loco. Para nosotros esa "porquería" --las comillas son un exceso de cordialidad con los seguidores de aquél... mmm... eeeeeh... especimen... eeeeeeehhh... perdón. Red social-- es "facebook", pero para los yankis es LIBRO DE CARAS. Jajajajajajaja. Bueno, me pregunto cómo es que el inodoro se llama así, entonces.
*Un temón. Definitivamente, tengo un romance con los segundos temas de los discos. Esta cuestión se incubó con las Spice Girls y "Stop". Estoy empezando a notar que pierdo demasiado tiempo escuchando los mismos temas. Y con una, llego a un autismo extremo. Se trata de "Song for Dan Treacy" --cualquier similitud con mi nombre es mera coincidencia--, el segundo tema del nuevo disco de MGMT. Es una magnificencia cómo se mezclan las escalas menores con las mayores: interacción que, para mí, es la vida misma. Ese tema es lo más cercano a la vida que escuché. Tiene una mezcla de felicidad, horror, amor y odio que me resulta espeluznante. Cuando la escucho experimento una catarata de imágenes: se me viene a la mente mi yo en distintas situaciones. Mi yo en un parque cuando dice "in the middle of the park" y tomándome fotos en un picnic con mis amigos, mi yo en pollera y tacos bailando en un bar, mi yo subiendo al tren, mi yo caminando y sonríendo, mi yo trabajando. Pero lo gracioso es que soy yo siempre cambiada. Por ejemplo, en el picnic aparezco toda desgreñada con los pelos al viento o con un rodete simplemente. Subiendo al tren creo que tengo la versión más realista. Pero en el bar tengo pelo largo y lacio y tetas. Raro.
*El suspiro del Espíritu Santo. Me enteré que la Iglesia anda diciendo, entre todas las mentiras ya conocidas, que se conserva en el Vaticano un recipiente que contiene un suspiro del Espíritu Santo o un estornudo. No me acuerdo. Ni siquiera es nuevo, seguramente, pero para mí sí. Bueno, no importa. Hubo un día en que me levanté y me volví agnóstica. Fue pragmático: pedí a Dios y a todos los santos que mi abuelo no se muriera y se me fue. Le dije a Dios lo mismo que a Facebook. Por suerte, ni siquiera le tuve que dar explicaciones, porque incluso me volví atea de pies a cabeza.

Me da miedo, así y todo, que aún exista --como el panóptico posmoderno--. En ese caso, sólo espero que mi infierno este encantador esta y todas las noches. Salú.

viernes, 9 de abril de 2010

CANCIÓN QUE EMPECÉ A AMAR.-

Hoy no voy a cantarle al sol ni al mar,
ni a las estrella ni a casitas de muñecas,
hoy solo quiero contar como me siento,
estoy viviendo un dia en blanco y negro.

Asi que no me vengan hablar de amor,
porque yo soy un monumento al malhumor,
y mi sonrisa simpre fue una mala actris,
Como puede una ciudad estar tan gris?

No hay luz en casa pero con la vela alcanza
para alumbrarme la amargura, dos o tres puntos de sutura
no hay luz en casa pero con la vela alcanza
Y en un revez a mi destino, un dia de estos yo me animo.

(Pity)
Hoy no hay metaforas te voy a ser sincero,
las cosas no me estan saliendo como quiero,
es una tarde en la que siento que una fiesta
seria dormir treinta y cinco años la siesta.

De vez en cuando caigo en estos agujeros,
pide licencia el humor que siempre tengo,
soy mil de azucar para una sola de sal,
tengo derecho yo a sentirme un dia mal.

No hay luz en casa pero con la vela alcanza,
para alumbrarme la amargura, dos o tres puntos de sutura.

Y en un revez a mi destino, un dia de estos yo me animo.

Me voy a ir vivir a la montaña,
donde todo es poco pero igual alcanza,
me voy a ir vivir a la montaña,
y que me despierte el sol a la mañana.

Me voy a ir a vivir a la montaña,
donde todo es poco, pero igual alcanza,
me voy a ir a vivir a la motaña
y que me despierte el sol a la mañana

lunes, 5 de abril de 2010

Simple.-

http://www.youtube.com/watch?v=01XO0seAfw8

No
Cualquier asunto se resume en alguna de esas respuestas en esta vida.

(Todo es mucho más simple de lo que parece...)

Si dudás, es no.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Está bien que así sea

* Pintura de Georgina Joaquín.

Le conté a la vieja que estaba medio triste, decepcionada de cómo la gente me responde a veces. Esta noche me siento medio sola en el mundo. Quizás sea tan sólo una manera de hacerme la canchera como cuando masco chicle de costado y haciendo ruido cual adolescente rebelde, o quizás sólo sea un estado parecido a la estupidez.
La verdad es que me encanta poder hablar así con la vieja: expulsar el chicle de mi boca, regalarle toda mi humildad. Tenemos noches idílicas: sobremesas que a veces no son tales porque no comemos juntas o porque compartimos el rito mil horas después de haber comido. Hay días en los que hablar con mamá se me hace imposible. Pero hay otros en los que me conmueve su protección –-que ya no es la misma de antes, es tan pura y distinta--, me siento estando en la panza al comunicarme con su intimidad tan dulcemente. Ver que, al fin y al cabo, sus inmensos ojos marrones serán mi eterno consuelo, ante cualquier adversidad --¿quién es incondicional?--.
Pero, más allá de la certeza, descubrir de repente que la relación que tengo con ella es ilimitada y aún sorpresiva. Me conmueve el esfuerzo que hace por entenderme, porque los tiempos cambian y sé que se le complica. De repente me encuentro contándole cosas que no imaginé que le contaría. Y además, noto que no se sorprende demasiado.
Sentí hoy que el afuera era una amenaza a mi paradigma vigente. Los padres, en general, encarnan la peor amenaza. Siempre estamos en tensión con lo que ellos nos quieren inculcar. Cuando mis viejos se van de casa, siento que esa tensión se aliviana, entonces pongo música a todo lo que da, me pego un baño y me digo: “estoy sola”. Respiro, suspiro, hago todo lo que –creo—no puedo hacer cuando están ellos. Es como despilfarrar dinero con una tarjeta de crédito, creyendo que no está pero aún así sabiendo que está. Lo cierto es que la sensación de sorpresa que tengo hoy pasa porque, cuando volví a casa, sentí que mi vieja es más pilla que muchos.
Mamá, con toda la sabiduría de quien ha caminado y observado atentamente, con su tranquilidad tan opuesta a la mía, me dijo: “Te cansaste de la gente demasiado rápido. Yo me cansé hace poquito”. Qué divina. Pensé que me iba a decir algo así como: “Ay Daniela –-con tono de reprimenda--, no seas soberbia y dejá de pararte siempre a observar a la gente desde arriba. Eso está mal”. Bueno, la verdad es que no sé de qué me quejo. En realidad me canso de ser yo gente, creo.
He notado que cuando revelo lo que siento con las vísceras no soy del todo entendida. No critico a los que no me entienden, no. Sé que no es fácil entenderme, del mismo modo en que yo no entiendo a todo el mundo tan fácilmente. Peco de egocéntrica. Lo descubrí el otro día hablando con una amiga, también mate mediante:
--Ani, ¿cómo digo que soy mi centro, al no tener otra manera de ver el mundo más que a través de mis ojos, sin autotildarme de egocéntrica?
--¿Sabés qué es lo que te pasa? Vos sos egocéntrica y eso no está mal. El tema es que vos cargás de conflictividad al término.
He notado eso. Mucha gente se sorprende de la sinceridad. Estoy hablando, básicamente, de la sinceridad con uno. La verdad es que no soy nadie para jactarme de nada. Pero creo que soy demasiado sincera con todo lo que siento. Y noto que no es la actitud más común. Veo que la gente se miente. Se consuela en la mentira, se crea una realidad menos dolorosa. Es una forma de soportar el dolor, de la misma manera en que yo me fumo veinte puchos al día, supongo. Bah… ¿es realmente soportar o es esquivarlo? Antes que quedarme a mitad de camino en el trampolín, prefiero tirarme a la pileta o ni pensar en hacerlo. El traste paspado por el lujo de la permanencia y la comodidad se parece al no-vértigo.
Mamá sintió que su hija había crecido. Le estaba admitiendo derrotas, en la cara (esperando, ¿qué? Lo mismo de siempre). Pero mientras los otros le insistían con verdades que no son las propias –-ella se sentía derrotada, pero los otros le prejuraban que no era así-- y, para colmo, le refutaban sus propias verdades, su madre no le repitió que era "la más linda y la más inteligente”. La miro, se sonrío tímidamente –-como quien está a punto de decir algo gracioso o triste—-y le dijo: “Y sí. Y está bien que así sea”.

martes, 30 de marzo de 2010

Dolor.-

Lo que sentís es tan tuyo y tan digno que sólo puede enorgullecerte.

lunes, 29 de marzo de 2010

Mosquitos y arañas

No me acuerdo dónde leí esa frase, la que dice que "el mundo se divide en mosquitos y arañas". Google me va a ayudar, a ver... jaja, qué curioso. Lo primero que me salta es un viejo fotolog que compartía con amigas en el que quedó sentada esa frase. Una amiga me citaba a mí por haber dicho esa frase. ¡Qué locura! El post pertenece al año 2008 y sigo poniendo ese mismo ejemplo cada vez que me hablan de la gente y sus pelotudeces. La cosa es que la división no era entre "mosquitos y arañas", sino entre "moscas y arañas". Toda la vida estuve equivocada. Pertenece a un cuento de Bioy Casares --ahí sí que Google responde adecuadamente--.
Sí, me parece que es así y cada vez me estoy cansando más de la gente de mierda. Pero hace un tiempo llegué a la conclusión de que no voy a mirar nada más que a la gente que me hace bien. Estoy harta de los fachos, de los que tildan a los otros de "negros de mierda", de los envidiosos, de los jóvenes que repiten el casette de TN, de los que critican al resto porque no saben qué hacer con su vida y se creen que tienen todo resuelto en esta vida aunque alguna vez hayan dudado y no toleren la duda en el otro, o las certezas del otro.
Y como me llenan de mierda, porque no saben compartir sino que buscan diferenciarse para sentirse bien, lo cual es lo mismo que joder al otro para sentirse bien, les voy a dar vuelta la cara cada vez que me los cruce. A los que, creo, aún tienen la capacidad de discutir y de cambiar, y de enseñarme algo bueno, a esos los seguiré considerando.
Es así: desde que me dejé de comer las uñas me di cuenta de que puedo elegir qué es lo que mis ojos ven. Todos pero todos los días de mi vida.
Eso no quiere decir, en absoluto, ignorar el dolor ajeno. En absoluto. Lo que quiero dejar de mirar es a la gente de mierda, esa que describí. Y a cada lugar al que vaya, le voy a buscar el costado bueno --el costado malo, indefectiblemente, siempre está--, es mucho más sano que mirar las cutículas sangrientas de seres que se devoran entre sí.

jueves, 25 de marzo de 2010

Inti.-


–¿Por qué marchás? –preguntó Página/12.
–Para recordar el golpe militar –respondió Inti, de apenas seis años.
–¿Qué significa el golpe militar?
–Que prohibieron muchas cosas y mataron mucha gente –resumió, rodeado de pibes con la camiseta de “Juicio y Castigo” de H.I.J.O.S. que se acercaron a la Plaza acompañados por miembros de la ONG Juguete Rabioso, que asiste a menores en conflicto con la ley.*

Mucha gente de algunos cuantos años más que Inti podría aprender de él. Mucha.

* Extracto de nota de Diego Martínez, publicada en Página/12 el 25 de marzo de 2010.

lunes, 15 de marzo de 2010

Kiosco.-


(Suena un celular)
Kioskera- ¡Ay! ¡Pero cómo están los hombres! ¡No paran de escribirme mensajes! (me mira a mí).
Kioskero- …
Yo-(risas) Un Lucky box por favor. Si le escriben tantos hombres… ¿Por qué no me pasa algunos contactos?
Kioskera, kioskero y yo-(risas)

(Sigo mi rumbo)
Transeúnte-¿Por qué te reís tanto, nena?
Yo-...

Pensar que el otro día lloré en el tren y nadie me preguntó nada. Me gusta llorar sola y reírme cuando me ven. Reírse es mucho más socialmente correcto que llorar. Hay cosas para reír y llorar, todo el tiempo. Yo me río y lloro todo el tiempo por dentro, aunque eso no salga a la superficie. La ciclotimia no tiene nada que ver con el cambio, es la acentuación extrema de esa risa y llanto internos.
Hay cosas para reír y llorar –en estos días pienso que hay más para llorar…-. Pero qué cagado que está el mundo, como para sorprendernos de alguien que anda riendo por la calle.

viernes, 12 de marzo de 2010

Almohadovar

En mi próximo sueño quisiera tener tacones lejanos.

lunes, 8 de marzo de 2010

Me odian

Hoja seca, río seco, no me río.
Transpiré y grité adentro mío: adentro y afuera todo es lo mismo y explota. Desilusión intensa y súbita del mundo.
Pensar que yo los odio a ellos, los Otros, y ellos están convencidos de que los Otros somos nosotros.
Me niego a pensar que así es como debe ser.
Alguien el sábado me miró a los ojos y me dijo: te odio. Tres veces.
Era un actor.
Pero ese día marcó todo lo que vendría después.
Quisiera irme del mundo por un rato, ni siquiera puedo escribir una buena idea.
Es que no puedo describir la puta sensación que me atraviesa ni me interesa volver a contarme a mí misma la misma historia.
Creo que me sentí parte de algo que casi ni miraba o que miraba de lejos. Y ahora quiero vomitar tan fuerte y sacarme toda junta la mierda.
Eso.
No me interesa decir nada más que eso.
Y que estas palabras sean el fin del nudo en la garganta.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El dulce abismo*


* Título hurtado a canción de Silvio Rodríguez.

Las puertas de la percepción. Supongo que en el universo en que fue escrita esa frase –tan distinto al de la interpretación que yo pueda darle- algo tendría que ver la mescalina o alguna droga copada de la época. Yo -hay días- que estoy en otra cosa que no es el mundo y no puedo llegar al fondo de las cosas. Yo puedo sentir el viento de mil formas, admirar a alguien de mil formas, llorar de mil formas, ver un animal muerto en la ruta de mil formas, comer un lemon pie de mil formas, vestirme o desvestirme de mil formas, peinarme de mil formas, insultar a alguien de mil formas.
No. Estoy mintiendo. Quizás la cosa sea más simple. Llegar al fondo de las cosas, porque para mí todas las cosas tienen un fondo o por lo menos simpáticas u horribles líneas subterráneas que merecen ser leídas o simplemente disfrutadas o repudiadas asquerosamente y no desde la superficialidad de la cosa en sí (lo cual para mí en el sentido de profundidad es exactamente lo mismo). Me parece que las formas son dos, nomás. Pero el abismo es tan gigante que estar en esa cosa que no es el mundo –digo “esa” porque creo que ya retorné del “retiro espiritual” en el sentido de jubilación, de hecho el estar escribiendo es un resultado de haber retornado al mundo de la percepción- implica estar a miles de kilómetros en relación con realmente estar dentro del mundo. Supongo que sentir, sólo se trata de eso. Sentir o no.
Y sentir no es precisamente entender pero quizás en mí no haya otro modo de existencia que sentir y entender al mismo tiempo. Prefiero vincular el sentir con el leer, es menos pretensioso que aquello de entender. Si no leo mi goce cuando mi carne lo siente, si no leo mi dolor y lo dejo pasar como quien sobrevuela un texto en una obra de teatro, experimento un triste disgusto, una lástima por mí, un vacío por estar viva y sujetada a la horrible cadena de elegir no estarlo.(Lástima por mí. Qué horror. Y mientras escribo esto también me cuestiono por no escribir cosas más interesantes. Interesantes en el sentido de meter más a los otros y de ser más social, si se quiere. Las líneas subterráneas de uno mismo son las que casualmente no perdonan, creo).
Volví al mundo hoy. Me detuve en el colectivo –usualmente voy leyendo o escuchando música o mirando por la ventana- a observar a una niña. Ella iba mirando por la ventana, hasta que se detuvo a mirarme a mí. Y me sonrió. No sé por qué, pero encuentro una satisfacción parecida a la brisa en pleno verano en eso de que me sonría un niño. Me pregunto por qué motivo me sonríen los niños. Usualmente lo hacen. ¿Qué tendré? ¿Acaso tendré cara de niña? Ojalá. Cuando le regalan ese gesto a otro me produce horribles celos, celos que jamás sentí por nadie salvo por mi madre o mi abuela o mi prima. Será que los quiero de inmediato, aunque a veces sólo de lejos. Definitivamente, disfruto mucho de las expresiones nítidas de los niños. Supongo que me sonríen porque saben que siento algo de envidia por ellos. Ellos saben que extraño hacer burbujitas con la saliva o que me pierdo sonriéndole al espejo. ¿Será que me sonríen con sorna? Prefiero no pensarlo así. Si me gusta que los niños me sonrían, probablemente deba acercarme más a ellos. Pienso en mi mamá: su mundo. Su mundo es el de los niños. Tal vez deba acercarme más a ellos. Puedo hacerme un mundo lleno de sonrisas lejos del espejo que nunca más me devolverá mi sonrisa de niña, blanca y sin dejos de cigarrillo. Automáticamente le sonreí a esa niña yo también. Hubo un espejo invisible que el mundo depositó allí, entre nosotras.
Lo bueno de los niños es que ellos pueden no ser inocentes en muchas cosas, pero hay algo que es muy cierto (o no, lo estoy pensando aquí en este preciso instante en que mis dedos teclean buceando en la mente que escapa al hacer otra cosa que es parecida a ésta pero que no es pura invención, si es que esto lo es): no estoy tan segura de que ellos sepan totalmente por qué hacen lo que hacen y qué es lo que el resto de los humanos ve en ellos. ¿Qué efecto buscaba esa niña haciendo burbujitas? Supongo que no la devolución de mi mirada: eso llegó después, con la sonrisa. Cuando conozco demasiado a una persona, me da rabia. Me produce rabia, pobre persona. Porque después todo lo que hace me molesta. Es tan esperable lo que va a decir como lo que no, y yo sé que si fuese una fruta caería en mis manos sin cáscara, y así la devoraría. También sé que si fuese artista su espectáculo tendría menos atractivo que el demonio. Se caería a pedazos porque cualquier espectador notaría que está pidiendo a gritos que se rían o se emocionen a causa de lo que está haciendo. Pues bien: odio saber el antes de todos tus actos y que proyectes que tales o cuales cosas pueden hacerme rabiar y que tales o cuales cosas pueden suscitarme admiración. Pero nunca vas a saber que me dirijo a vos del mismo modo que no sabés que puedo desnudarte tanto. No creo que seas así con todo el mundo. Sólo conmigo. De todas maneras sabé que me da rabia todo, no sólo aquello que buscás que me produzca rabia.
¡Pero es que no me das rabia vos! Me da rabia ponerte en pelotas tan fácilmente.
Hay gente que me da luz. Esa, es más difícil de entender. Me parece que descubrí algo nuevo: hay gente que siento y gente que entiendo. Aquella que siento, es la que intento leer despacito. Y no quisiera nunca llegar a entenderla, estimo que nunca lo haré tampoco porque no tengo un olfato desarrollado en la materia ni me interesa. De hecho le escapo. El trayecto sin destino de la lectura me sienta bien, sí.

Mundo: sólo te pido que sigas abrazándome con tus poderosos tentáculos.

sábado, 27 de febrero de 2010

-Tengo miedo.

- ¿De qué?

- ¿Nunca lo tuviste?

- ¿De qué?

- Me atraviesa.

- ¿Qué cosa?

- Se me cuela... no sé.

- Pensá...

- TENGO MIEDO Y CUANDO NO PUEDO EXPRESARLO TENGO MÁS.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Ewan


Ewan es tan fascinante. Tiene una cosa tan mística... qué hombre. Pensar que de todas sus películas creo que nomás vi Trainspotting y fue suficiente como para enamorarme de él. No de Renton; de él. Hoy lo recordé inmensamente. Me gusta porque tiene cara de nada. Una cara que no representa nada puede llenarse de todo, hasta de polleras que rompen con las fronteras interculturales del gusto. Al fin de cuentas esas caras no tienen límites para la expresividad.
Entre mis pensamientos de esta noche se me vino a la mente algo que siempre me generó dudas respecto de si lo soñé o lo viví. De chica, no estaba segura de si le había regalado a un compañerito de jardín un jueguito de agua de esos que tienen argollitas para embocar. Nunca me voy a sacar la duda. Jamás.
Cuando escribimos nos obsesionamos por lo que no escribimos: siempre estamos pensando en lo que falta, como en la vida. Me cansé de buscar palabras raras para decir lo que quiero decir, ¿para qué? Me enferman los que escriben con palabras raras, que entran ahí sin que las llamen los que escriben ni nadie. No entiendo a qué viene todo esto, la verdad. Estoy muerta de sueño y no sé qué carajo quiero decir con toda esta pelotudez de McGregor y el sueño mitológico aquél de las argollas –no al chiste, menos al verde-. Ah, sí. Ya me acordé.
Me parece que escribir se parece un poco a ese sueño que no sé si soñé o viví. Pienso en el frágil límite que existe entre la realidad y la alucinación. La puesta en palabras es un acto que reconfirma la vida. También la crea, independientemente del terreno del cual provenga el relleno del significado. Me acuerdo de una frase que vi escrita en una pared, tan simple, tan cierta: universo más mente, igual uno. O la frase de Luca, "Real life is inside".
Me propongo que escribir ya no sea lo que falta, sino lo que me falta. Después de todo, sólo así puedo tener a Ewan durmiendo conmigo –y que, además, sea el mismo de Trainspotting con una cara de nada que yo misma pueda llenar de todo-. ¿Y quién me confirma que le regalé a ese niño el misterioso juego acuático?

(No me molesta que uses falda, posta. En cinco estoy, ¿me bancás?).

martes, 23 de febrero de 2010

El escritor máscara


Borges no me gusta y no por oligarca. Tampoco porque sea enroscado o difícil de entender. Borges no me gusta porque, en mí, su palabra resuena como pasado.
Pensemos en una situación trivial y cotidiana como un encuentro entre dos personas. Pongámosle que la mujer lleva un vestido carmín, igual que sus labios. Ha pasado demasiado tiempo frente al espejo previendo ese encuentro, se le nota. Una mujer producida no es tan actual, emana el pasado de la decisión o, si se quiere, una proyección: el adelantarse al efecto que pueda generar algo (y vamos con eso de que persona significa máscara). Quizás burdo, simplista y estúpido; pues no me importa, el ejemplo me sirve a mí para entender por qué Borges no me gusta. No tengo la soberbia para decir que lo que escribió es malo, tampoco el conocimiento. Pero si no me llega no es por su postura ideológica -eso quizás haga otro tanto, pero no coincido con el antiperonismo de Cortázar, tampoco, y sin embargo me ha vomitado con tantas verdades- si no porque no le encuentro la magia, no encuentro la manera de que sus palabras me toquen las fibras íntimas.
Sucede que la palabra de Borges no me parece presente, no siento que sea una aparición estranguladora. Me imagino al tipo sentado y disfrazando las palabras como aquella mujer que se disfraza para que le digan qué linda que está. Me lo imagino esperando que el lector diga me dejaste pasmado. Me gustan los escritores que escriben desde las entrañas, y no tanto desde el pensamiento.
La refutación es sencilla: pensamos en signos. Pero si el signo conlleva tres estadios, entonces debo decir que admiro a quien menos se aleja del primero, que es la sensación. Si Borges era un psiquiatra en un pabellón de subnormales como lo define Symns, entonces todavía no lo descubrí. Para mí fue un escritor máscara, que escribió hermosamente, pero lo hizo siendo más persona que otra cosa.

sábado, 20 de febrero de 2010

(meta) Física

No sé si algún físico ya lo habrá dicho -realmente soy algo ignorante en la materia, con pudor-. Pero, qué loco que sólo podamos atravesar el espacio atravesando el tiempo, y que para atravesar el tiempo no necesitemos atravesar el espacio.

jueves, 18 de febrero de 2010

El viento-abrazo

* Óleo de Kate Kollwitz.

Hoy tengo la necesidad de fundirme con algo, y que esa fusión traspase la carne. No sé si antes me daba cuenta de lo bien que me hace, de lo feliz que me pone, sentarme al sol y que la luz me atraviese toda. O sentarme a la sombra, en un banco amarillo de plaza que está en mi casa desde que llegué aquí –las cosas que ya estaban aquí me parecen tan enigmáticas y curiosas, tal vez hasta estaban antes de mi nacimiento-, en un rincón donde el viento parece una persona más: me abraza, es cálido y omnipotente. A veces voy allí cuando necesito eso, un abrazo, y no quiero que nadie lo sepa. Eso sentí el otro día con viejas amigas: el abrazo que está en el aire, que es tan eterno que no cabe en un gesto de un instante. Mi viento es tan dulce como eso.
Tengo atisbos de soledad, todo el tiempo. Necesidad, o tal vez necesidad de demostrar que puedo ser tan feliz sola. Pero no. La naturaleza con sus misterios y la gente con sus misterios me interesan tanto que no quiero estar sola. No me sirve. Hay cosas que no puedo aprender si no es con los otros, con el viento o con un abrazo parecido a él. Sí.
Ayer un señor borracho que caminaba solo y viejo por las calles de la ciudad me pidió unas monedas para comprarse puchos. Me dije, qué sinceridad la suya, la de pedirme monedas para comprarse puchos. Lo cierto es que igualmente dudé sobre el destino de ese dinero, pero la verdad es que me dio tanta pena que le terminé dando un par de monedas chiquitas; lo único que se me ocurrió pensar en ese momento es en mí a las 2 de la madrugada sin un pucho. Qué feo. Por las dudas igual le di poco.
Salir del teatro me encanta, pero me produce una extraña sensación de culpa. Porque en el arte veo la vida, pero también veo la vida que no es, y empiezo a pensar cuántas vidas distintas hay. El último cuadro de la obra de ayer se completó con este hombre de ojos y pasos perdidos. Siento culpa por no hacer nada por los otros, y más fuerte la siento cuando me siento bien por darle una moneda a alguien.
El borracho enfiló hacia el kiosco y con mi amiga nos miramos, perplejas. Su presencia y su pronta ausencia cambiarno rotundamente el clima de nuestra charla. De pronto nos reíamos al escucharlo hablar solo. De pronto, sentíamos mucha tristeza. A mí este sentimiento me ganaba. Pobre tipo, pensaba. Me encanta adivinar cosas sobre la gente. Es mi juego favorito en el tren. Pero, ¿qué decir de este hombre? ¿qué historia tan traumática tendría? Sólo eso podía saberse: la presencia de una existencia traumática. Era un ser atemporal y podría ser el personaje de cualquier cuento.
Contento con su Marlboro de diez, el señor volvió a nuestra mesa para pedir un trago de cerveza y para dar prueba de que había usado el dinero para eso. Al trago no se lo quise dar. Le saqué la botella de la mano y le dije: “no tiene que tomar más, usted”. Así, sin medir las consecuencias. No quería sentir más culpa. Fomentar el vicio de los puchos, está bien. Pero no me iba a permitir formar parte de su catástrofe alcohólica. Con violencia, me arrancó la botella de la mano. Se sirvió lo último que quedaba, la dio vuelta y la clavó en el agujero que la mesa tenía en su centro. El líquido comenzó a mojarme los zapatos. Lo odié.
Pero antes de ese episodio me había dicho una frase muy linda. “Sos muy bonita. Yo tengo una hija así, como vos”. Sentí que me estaba abrazando. También sentí que yo lo abracé.

martes, 16 de febrero de 2010

Melancolía


No recuerdo haber sentido esta penumbra de no saber qué es lo que me pasa, pero detesto sentir que hasta el café me transmite cierta melancolía. Qué decir del ruido del tren… ¡y los niños! Con esos ojos de vida por vivir, con un llanto amargo que desconoce la dulzura de crecer (con su llanto dulce que produce).
La palabra, maldita. Amiga. Vete. Hay cosas que no puedes decir: no puedes explicarlo todo. Abismo, sube, baja, fantasma, carne, carne, ¡Carne!… algo se pudre en mí. Veo comida rodeada de bichos dentro de mí, algo cocinado y algo que quiero comer y comer y comer y que eso no esté más (cuadro de Magritte).Voy al living y allí están ellos: los tres que conviven conmigo y sus fantasmas, más los míos, y les digo que los quiero que los quiero que los quiero y cuando uno no suele decirlo muy seguido enseguida le preguntan, “¿qué te pasa?”, entonces uno lanza la explicación más límpida que se le ocurre en el momento. Y esa respuesta es: no sé si mañana me voy a morir…
Cómo me gusta la firmeza de tus pasos, qué infinitos que son los tuyos, tienen un fin. ¿Los míos? No lo sé… sólo sé que me balanceo hacia alguna parte. Tengo la certeza de que hay un imán al final (que me está esperando). ¿Viste los bichos que van a la luz? Así funciono… Salvaje. Animal. Aunque no lo parezca.Y aún así no sé qué es lo que me atosiga… pienso y pienso y pienso pero pensar a veces no es sentir la carne, hay palabras que son tan soberbias que me dan vuelta la cara como la gente que no saluda porque confía en la superioridad, son ingratas por poderosas o al revés. No creo que se vayan porque tengan verdades dolorosas.
En un bar donde todo está muerto (donde yacen pensamientos muertos, por poderosos o verdaderos) se ocultan esas palabras que se rinden tributo a sí mismas. La melancolía es la alegría que no quiere llegar, porque los bichos no acaban de comerse el plato de comerse el plato de comerse el plato de comerse el plato el plato comerse plato el comerse de.

sábado, 23 de enero de 2010

La mierda está en uno


* Fotografía de Marc Riboud.

Negro de mierda es una expresión que me da escozor. La aborrezco en tanto concepto, en tanto cadena sonora, por su perspectiva histórica, etcétera. Es una de esas expresiones que usan hasta los más morochos de piel con la excusa de que existe una negrura de almas. ¿Cómo es que un alma, lo más alejado de la materialidad, tiene un color?
De pequeña vivía en la torre de la calle Condarco. Los edificios de barrio tienen la particularidad de tener paredes inertes: de pronto, todo se mezcla. Nadie respeta los horarios para hacer ruido, las voces de los vecinos llegan a tu mesa, la gente vive en una fiesta constante. En este caso, la fiesta era un cumpleaños de niños, siempre todos juntos, corriendo por los pasillos, jugando al cuarto oscuro, haciendo comida con plantas. En ese edificio conocí el dolor y la complejidad de las relaciones humanas. Abajo, había un patio de juegos. Era el respiro al que acudíamos como animalitos encerrados, hasta que empezaban Los Simpsons y no quedaba nadie. Yo era de las más conflictivas. Nunca podía relacionarme del todo con los demás. Siempre me sentía herida, había una agresión que me golpeaba en lo más hondo de mi (¿negra?) alma.
Con una de las nenas nos odiábamos, me acuerdo. Tenía una hermana. La pasábamos discutiendo, veía en ella misma la cara del odio, su desprecio por mí era infinito, pero la cosa era mutua. Vestía ropa cara, tenía juguetes caros y una madre parecida a Moria Casán. Salvo esos defectos –porque para mí eran eso-, tenía la particularidad de ser más magnética. Había hecho muchos más amigos que yo. A veces parecíamos perros marcando territorio. Siempre ganaba. Salvo una vez que competimos por quién duraba más tiempo en la vertical pared, y triunfé. Sentí el odio materializado en cuatro piernas clavadas en una pared. Era claro, natural: el odio entre niños es tan despreciable como el odio entre adultos.
Nuestros padres conocían nuestro odio. En realidad, todos, y parecía que se encargaban de alimentarlo. Recuerdo episodios horrendos, como un día en que su madre me halló en la pieza de una vecina –cuya casa era el terreno de juegos- y comenzó a mascullar idioteces sobre mi persona: que yo era una mala nena, que tenía muchos problemas, y yo lloraba tirada en el piso, en una mueca de desesperación aberrante. Me dio mucho miedo, y aún no sé por qué. Sentía que el odio viajaba en semillas por el aire, y que se multiplicaba. Y al mismo tiempo, con lo niña que era, minimizaba el odio que sentía por mi vecinita. Creía extrañamente que era “cosa de niñas”. El poder de las palabras ajenas.
Otra vez, recuerdo, me había “amigado” con su hermanita menor. Habíamos hecho una suerte de pacto de amistad que no apuntaba a ser muy duradero, pero que tal vez nos permitiera pasar una tarde olvidando rencores para compartir lo único que teníamos en común más allá del odio, que era otra vecinita. Cuestión que nos fuimos al patio, y apareció su abuela. Una señora maléfica que porque se le cantó nos separó. Recuerdo claramente estar metida en el oscuro túnel –sí, teníamos un túnel con muchas salidas en aquél patio- y escuchar la voz de la vieja: “No, con Daniela no juegues. Porque Daniela es más mala que una peste”.Retomé aquella sensación del odio y sus semillas. Si los payasos son malos y esa era una fiesta de niños, entonces los payasos eran los adultos. La vieja era la voz de la autoridad, y porque creía que yo era “más mala que una peste” estaba frenando el poder de las emociones infantiles, que son tan ambiguas como las de los grandes, aunque a veces mucho más genuinas. Nunca más volvimos a jugar.
Un día alguien me dijo algo mitad orden, mitad consejo: “Respondele. Decile negra de mierda”. Lo miré, agaché la cabeza, y luego no hice más que esperar al próximo altercado para lanzar mi nueva arma. En el siguiente enfrentamiento, la empleé, sin saber lo que podía pasar, o más bien imaginando una serie de improperios que podía desconocer. Vomité un negra de mierda violentísimo en su propia cara, mirándola a sus ojos oscuros, casi negros y no de mierda. Esperé en un instante eterno su reacción. No la vi enojada. Leí su tristeza. Me vi en ese espejo que es la mirada del otro, y me puse muy mal. Ella se fue a su casa. Era la primera vez que se iba después de pelear.
Su partida fue el signo de que había hecho algo realmente malo. Su retirada del campo de batalla me dejó pasmada, mi propia flecha se volvió contra mí. Desde entonces, cada vez que escucho negro de mierda, me dan ganas de irme a la mismísima mierda. Porque siento que me lo dicen a mí.

Sala de espera

Qué tarada que soy, me digo, cuando disfruto mucho más de los antes de que los propios momentos. El antes de viajar, el antes de encontrarte, el antes de salir. El cigarrillo anterior a todo, que no puede faltar. La dulzura que encuentro en maquillarme los ojos, el sabor de los mates de la mañana antes de salir, preparar un bolso, el descubrimiento de una idea antes de escribirla.

Soy un cíclope que quisiera estar esperando su segundo ojo. La espera es el instante del deseo, creo. Por eso me gusta tanto.